Para Malenka y Paulina
Estas son algunas de las Memorias de Pablo Knopoff, dedicadas a Malenka y Paulina, sus hijas, para que construyan en su memoria el recuerdo más completo y hermoso que puedan de Papi
Capitulo 1: Su Origen
Si la vida “es”, a través de los hijos, esta verdad se siente con fuerza en una familia de origen judío como la nuestra. Todo lo que tiene que ver con los hijos, que coman bien, que estudien, que estén sanos, es lo más importante para nosotros y lo ponemos por encima de nuestras propias vidas. Somos como esas manadas de elefantes que por las noches, forman un círculo de adultos y protegen a las crías en el centro para evitar que los ataquen los leones.
Así como Ustedes llamaban Papi al suyo, nosotros al nuestro también lo llamamos así y él a su vez llamó del mismo modo al suyo. No Carlos, no León, no padre ni papá. Sólo Papi o Paa, con doble a.
Si la vida “es”, a través de los hijos, esta verdad se siente con fuerza en una familia de origen judío como la nuestra. Todo lo que tiene que ver con los hijos, que coman bien, que estudien, que estén sanos, es lo más importante para nosotros y lo ponemos por encima de nuestras propias vidas.
Somos como esas manadas de elefantes que por las noches, forman un círculo de adultos y protegen a las crías en el centro para evitar que los ataquen los leones.
Y “su” Papi sentía esto profundamente, para él no había nada más importante que ustedes, aún desde antes de su nacimiento. ¿Cómo puede ser importante alguien que todavía no nació? Ya lo van a comprender, les vamos a contar para empezar, cómo se dio el nacimiento de “su” Papi y el nombre que le pusieron.La Abu Marta pertenecía a una familia de descendientes de inmigrantes polacos, los Iankelevich y los Goldcher. Por ahí se cuenta una historia romántica del abuelo Seide (es gracioso pero Seide significa abuelo en ídish, un idioma mezcla de alemán con hebreo que utilizan los judíos del centro de europa –askenazies-, en realidad se llamaba Pedro). Dicen que el abuelo Abuelo perseguía a la abuela Baba (Baba=bobe=abuela) por que estaba muy enamorado de ella y este cortejo duró años hasta que la abuela “Abuela” aceptó su propuesta de matrimonio y se casaron. La abuela Baba era una abuela de cuento, con camisón, pantuflas, fotos de los nietos, manos con olor a harina y anteojos, corchos debajo del colchón. Hasta horneaba unas galletitas llamadas Quíjales que le encantaban a “su” Papi y los tios. Encima y para nuestra suerte, vivía a la vuelta de casa.
Estos abuelos fueron re importantes para la Abu Marta, por que cuando ella tenía unos 6 años tuvo hermanitos mellizos (el Tío Mario y el Tío Jorge) y encima ¡VARONES!
Y aunque los quería mucho, su mamá, la abuela Rosa, tenía que ocuparse de ellos todo el tiempo. Por suerte tenía mucha leche para dos bebés, pero la verdad es que no le quedaba mucho tiempo y paciencia para la Abu. Para eso estaban los abuelos Abuelos (Baba y Seide) y su Papi David, contador de oficio y músico por afición. El abuelo David formaba una banda familiar y tocaban música tradicional judía en plazas o fiestas, por eso a la Abu y los tios Jorge y Mario fueron forzados a estudiar piano y mucho después,. Encima, cuando tenía 11 años, a la Abu se le murió su papá de un ataque al corazón y la Abuela Rosa tuvo que trabajar mucho para poder alimentar a sus tres chicos. Fíjense que cuando alguien muere, todos se preocupan por sus hijos, pero los chicos entienden rápido que la vida es la de todos los días y la muerte pasa muy de vez en cuando, digamos, una sola vez en toda la vida.
Claro que nos da miedo que le pase a alguien que queremos mucho y nos pone muy tristes cuando eso ocurre. Es normal sentirse así, por que extrañamos al que se murió y nos gustaría que estuviera con nosotros un tiempo más. Tenemos derecho a ese sentimiento.
Pero, como dijimos al principio, la vida “es”, por los chicos y ya van a ver cómo, todos los chicos de nuestra familia que se quedaron sin “su Papi”, encontraron consuelo para su tristeza convirtiéndose en los Papis y las Mamis de sus propios hijos.
Mientras Rosita trabajaba vendiendo ropa de puerta en puerta, la Abu Marta y sus hermanos iban a un club de la colectividad hebrea llamado Hebraica, que quedaba a 2 cuadras de su casa, donde se encontraban con amigos y pasaban el dia. Aunque a la Abu no le faltaban novios, desde la terraza de la casa, la abu miraba y soñaba con el balcón de enfrente, donde un joven de pelo peinado a la gomina (para tratar de dominar los rulos) pasaba mucho tiempo sentado leyendo libros. Al final se conocieron a través de amigos comunes del club hebraica. El joven era el abuelo Carlos e inmediatamente se enamoro de la abu, hubiese sido imposible para un hombre no sucumber a la belleza y sensualidad de Marta.
Una vez que terminaron el colegio secundario, los abuelos sin perder tiempo, decidieron casarse y formar una familia propia. La abu Marta tenía 19 años cuando se casaron y enseguida estaba embarazada.
Iba a tener un bebé gordito y simpático que comía mucho, dormía mucho y se reía todo el tiempo, su papá.
20 de Diciembre, 1961
Como es tradición en la religión judía, los niños se nombran en memoria de algún familiar fallecido, la Abu quería ponerle el nombre de su propio Papi, David. Era el nombre de un rey hebreo y su ejemplo es tan importante que está escrito en la Biblia. David era un pastor de cabras, era más bien bajito y me lo imagino parecido a su Papi en muchos sentidos. En esa época los hebreos estaban en guerra con los filisteos y éstos tenían un soldado que era el más fuerte de todos los soldados, un gigante llamado Goliat. En una batalla, el ejército hebreo juntó a todos los que pudo, incluso a los pastores como David, aunque sea para que parezca que eran muchos. Pero los filisteos, con Goliat al frente, parecían invencibles. El gigante se adelantó a su ejército y lanzó su grito de guerra, un rugido aterrador que hizo correr a los soldados hebreos más corajudos quienes sabían que detrás del grito se venía toda la horda de invasores. Era una locura de miedo, los soldados tiraban los escudos y las espadas y escapaban como podían, el grito era ensordecedor y los filisteos se reían por que estaban ganando sin pelear. David se indignó por la situación y aunque no tenía armas de guerra, se adelantó con su honda, un arma que los pastores usaban para ahuyentar a los lobos que se querían comer a los cabritos. No era más que una especie de tela larga y finita en la que ponían una piedra, le daban vueltas como un molino y al soltar una punta de la tela, la piedra salía volando con gran fuerza. Se paró a veinte metros de Goliat, hizo girar su honda cargada con una de las piedras seleccionadas que guardaba en una bolsita atada al cinturón y se la lanzó directo a la cara con tanta suerte que se la pegó al gigante entre los ojos y lo mató. De pronto se hizo un silencio espeluznante, todos dudaban, el soldadote estaba en el suelo con un chorrito de sangre que le salía de la frente, vizco.
Los hebreos se acercaron para ver mejor formando una fila temerosa medio escondida detrás de David. Los filisteos, totalmente sorprendidos, no sabían si seguir o volverse corriendo a los barcos en los que habían llegado. David tranquilamente volvió a cargar la honda con otra piedra que sacó de su bolsita y cuando comenzó a hacer el molinete, lanzó su grito de guerra que le salió al principio medio finito y todos los hebreos gritaron y atacaron mientras los filisteos se escapaban asustados por tanto coraje. Creo que pensaron que si así eran los chicos pastores, mucho más terribles serían soldados armados.
Después de esto David llegó a ser el rey, en una época donde los reyes eran como los padres del pueblo, cuidaban a su gente y trataban de mantenerla unida, como hermanos. Así era su Papi, antes de nacer, ya era David sin importar el nombre que le pusieran, chiquito pero valiente, capaz de enfrentarse con el más grandote de los enemigos, unía y defendía a sus hermanos y al mismo tiempo era frágil como un papelito, ya que se derrumbaba si alguna de ustedes se llegaba a resfriar. Él no heredó una corona, se la tuvo que ganar.
De cualquier modo, a su Papi, al final no le pusieron David de nombre por que a la Abu Marta y a Carlos les gustaba más “Pablo” y para quedar más o menos cerca del pastorcito de la biblia y del abuelo, le pusieron como segundo
Su Papi fue el primer hijo de Carlos y la Abu Marta, el primer nieto de sus bis abuelos Dina y León, el primero también de Rosita, que para entonces se había vuelto a casar, ahora con Jaime Kútner. Al abuelo Carlos le gustaba decir que Jaime tenía un cocodrilo en el bolsillo por que era muy cuidadoso con sus gastos y cuando íbamos a comer a su casa, cantaba una canción que decía “se va el caimán, se va el caimán…” para divertirse y hacer enojar a la Abu Marta. También le gustaba cantar La Marseillaise o Marsellesa, himno de Francia que llama a combatir para defenderse -enseguida retomamos ese tema-. Como ven, ni a Carlos le gustaba ir a la casa de los papás de la Abu Marta ni a la Abu ir a la de las papás del abuelo Carlos, pero igual íbamos, todos los domingos. En esas fiestas se juntaban las dos familias en lo de los bis abuelos Seide y Baba. Las comidas se preparaban con mucha anticipacion e incluian, una gelatina de hueso y limon, pescado relleno, pastron, pollo al horno, knishes de papa.
Para nosotros, en cambio, era muy divertido por que podíamos jugar con nuestros primos y con Olga, la mujer que trabajaba en la casa de Rosita, que era buenísima y muy divertida.
Papi, como primer nieto de las familias, fue muy consentido, esto quiere decir que lo cuidaban mucho, le regalaban juguetes y ropa, golosinas y sobre todo, lo llevaban mucho a pasear.
Ya había nacido Ale cuando el abuelo León los hizo conocer el templo, que vendría a ser como la iglesia pero de la religión judía. Así como iban seguido al templo, él y el abuelo Carlos (con mucha bronca, ya que odiaba la religión), los llevaban a ver desfiles militares y ellos se asombraban de ver pasar por el cielo a los aviones bombarderos y por las avenidas a los soldados con sus armas, los tanques, blindados, cañones y todo tipo de poderosos aparatos fabricados para matar gente. A Carlos le encantaba dibujar tanques de guerra y también leer libros de todo tipo, y dentro de los temas se encontraban las guerras de Israel contra los países vecinos. Sigamos recordando. Cuando nacieron Papi y Ale, los abuelos vivían en un departamento muy chiquito en la calle Beauchef. Al poco tiempo se mudaron a otro, esta vez comprado con un crédito ofrecido a empleados del Congreso Nacional, ya que Carlos era miembro del Comité de la vivienda, en la calle Alsina 2065, muy cerca del Congreso, y cerca del Mercado del Abasto. A la vuelta vivian la Abuela Baba y el Abuelo Seide. la calle Alsina 2065, muy cerca del Congreso, a la vuelta de lo de la Abuela Baba y el Abuelo Seide.
A dos cuadras había una plaza con calesita. Cuando el tío Juli tenía uno o dos años, justo cuando llegaban astronautas a la luna, alquilaron un departamento más grande en el mismo edificio y piso, sólo que al frente y con balcón. El balcón tenía dos sillas grandes blancas y tres de colores, de diferentes tamaños, la mayor, azul, para Papi, la mediana, verde, para Ale y la chiquita, roja, para el tío Juli era como el cuento de rizitos de oro. En las noches calurosas de verano, comíamos sándwiches de miga y tomábamos Naranja Crush con un poquito de cerveza, después de la cena dabamos la vuelta a la manzana y parabamos a comer helado en la Heladeria Congreso, localizada en Rivadavia entre Rincon y Sarandi. El helado favorito de Pablo era un cucurucho de Chocolate y Sambayon.
Tantas mudanzas para llegar a tener un balcón, aunque sea chiquito. Lo importante es que en todas esas mudanzas hubo un cuadro colgado en el living. Era una reproducción chiquita de una pintura de Pablo Picasso que se llamó “Guernica”.
Es un cuadro muy famoso pintado en 1937, y representa el caos y la destrucción provocados por dos divisiones de aviones de guerra que lanzaron bombas explosivas e incendiarias sobre una ciudad llamada Guernica durante la guerra civil española. Allí, ese día, murieron muchísimos civiles y se destruyó el 70% de los edificios de la ciudad. El cuadro es una obra de arte que relata los terribles sufrimientos que la guerra infringe a los seres humanos y es reconocido como un símbolo en contra de las guerras.
Y este cuadro estaba ahí siempre. Y los desfiles militares también. ¿Cómo puede ser? En esas marchas veíamos las armas y su poder, pero no las heridas que provocan. En casa veíamos las heridas que el uso de las armas causan pero no las armas. Miren lo que dijo Shakespeare mucho antes de Guernica: “Excelente cosa es tener la fuerza de un gigante, pero usar de ella como un gigante es propio de un tirano.”
¿Entienden ahora? Esta es la idea, nuestra interpretación que une la religión, la memoria de las persecuciones, la preocupación por lo que pasaba en Israel, los desfiles y el cuadro de Picasso. Un recordatorio constante de que la guerra es algo horrible que sólo garantiza el sufrimiento de la gente colgado siempre en la pared del living. Los desfiles, por su parte otro, que nos dice que no nos dejemos sorprender, que muchos parientes y amigos fueron muertos en la guerra mundial por el genocidio nazi y que en casos extremos, vale la pena luchar para defenderse, tal como dice La Marsellesa.
Iankelevich
En la época en que la A veces iban a Córdoba donde recorrían La Falda, Calamuchita o quizás La Cumbrecita. A la familia de Carlos le gustaba ir a Mar del Plata, aunque el grupo en este caso, era mucho menos numeroso y en general incluía amigos.
Knopoff
Un día, inspirados en una publicidad de televisores, compusimos juntos una poesía en tono surrealista que decía: “Tu diseño me lechuga/ con la lluvia se me arruga/ yo no sé qué pasaruga/ sos tan dulce como de batata”. A “su” Papi le empezaron a gustar las pinturas de Dalí y siempre que podía compraba pósters con reproducciones de sus cuadros. Pronto las cuatro paredes y hasta el techo de nuestro dormitorio estuvieron llenos de láminas clavadas con chinches a las paredes. La bolsita de los recuerdos se había convertido en un refugio compartido y las cartas en graffitis escritos con marcador o birome en las tablas de las camas cuchetas.
La canción seguía “…Pantalón cortito, con un solo tirador.” Tal vez por eso del tirador resultó que a Papi le gustaba tanto usarlos, nunca lo dijo, durante años fue muy reservado con lo que pensaba en esa etapa de su vida. Siempre disfrutaba recordar lo que hacíamos, pero pocas veces contaba lo que entonces sentía o pensaba.
Leonardo Favio cantaba “…Con cinco medias hicimos la pelota, y aquella misma siesta perdimos por un gol”. El departamento de Alsina, tenía dos entretenimientos principales: un pasillo largo para jugar a la pelota y saltar en la cama grande. En esa época, las familias de clase media tenían un televisor en el que sólo se veían tres canales. La señal llegaba recién a partir de las diez de la mañana, en blanco y negro, tardaba un montón en encender y lo peor de todo era que no existía el control remoto, se cambiaban los canales girando una perilla. Para ver más o menos sin lluvia, había que orientar una antena que se ponía sobre la tele. En nuestra casa había un televisor Zenith de color blanco que se fue poniendo gris con el paso del tiempo. Si se descomponía, lo que ocurría muy seguido, había que llevarlo a lo de Víctor, el querido y odiado técnico que lo arreglaba aunque cobraba carísimo. Tal vez no cobraba tan caro, pero el abuelo Carlos prefería leer a ver televisión y le fastidiaría tener que pagar los arreglos de un aparato que no usaba. Nosotros en cambio le dábamos todo el uso que se podía viendo, por ejemplo, El Zorro, El Show de Pepe Biondi, Combate, El Llanero Solitario, Bonanza, El Gran Chaparral, Valle de Pasiones, algunos dibujitos animados y los sábados a la mañana Titanes en el Ring. Sábados de lucha en la cama grande. A veces, el abuelo Carlos jugaba con nosotros o se divertía viéndonos luchar como los Titanes. Alguna vez también inventamos historias tiernas con personajes que podían llamarse “Leoncito”, “Pomponcito” o “El Tío”. También nos gustaba jugar a los soldaditos, comprados en bolsitas en la librería de D´amato, en la que “su” Papi tuvo el primer trabajo acomodando el depósito. Se formaban dos bandos para la pelea, indios y Alemanes por un lado, cowboys y americanos por el otro. Los fuertes de madera servían para todos. Finalmente, estaban los matchbox, autitos a escala que formaban una fila de varios metros de largo o los autos de plástico, más grandes, a los que se les sacaba el tren delantero para reemplazarlo con un tapón de plastilina y una bolita de vidrio.
Las pelotas para jugar en el pasillo, podían ser hechas con medias viejas, con la parte de papel metálico de los cuarenta y ocho alfajores Havanna que nos traían los abuelos Dina y León cuando volvían de sus vacaciones en Mar del Plata, ( también, después de comer el alfajor se alizaba el papel y se separaba el metalizado de el papel de cera, con ese se hacia una bolita y se alisaba el metalizado bien prolijito) abollada una hojita encima de la otra hasta hacer una pelota bastante pesada, o una pelota de goma que tenía la marca “Pulpo”. Esas pelotas rompieron varias lámparas y vidrios de la casa, especialmente las que estaban en línea con el pasillo-estadio por el que algunas noches, al regreso del trabajo, entraba el abuelo Carlos y sin sacarse el traje jugaba un poquito a la pelota con nosotros o bailaba con los puños subiendo y bajando a la altura del ombligo y dando un pasito para cada costado haciéndonos reír como locos. Bailaba y cantaba “pantalón cortito”, pero sólo unos minutos. También nos parecía que duraba poco el rato en que a la noche, le pedíamos un cuento antes de dormir y arrancaba con el odioso “cuento de la buena pipa”. A la mañana le gustaba dormir tarde, y nosotros lo despertábamos para que nos haga el nudo de la corbata antes de ir al cole.
Al fútbol un poco más en serio, se jugaba los fines de semana en una playa de estacionamiento que había justo en frente del edificio. Papi y el tío Ale jugaron en ese lugar y ese fue casi el único contacto con los otros chicos del barrio ya que no íbamos a la escuela cercana sino a otra, el Castelli, que quedaba a unas veinte cuadras. De los que allí jugaban sólo recordamos a los hijos del dueño de la cantina de la esquina, gente muy trabajadora que hizo crecer ese negocio hasta convertirlo en lo que hoy es una parrilla de tres pisos donde los precios son más bajos cuanto más arriba se siente uno a comer.
Y seguía cantando Leonardo Favio “…yo ya no entiendo, qué quieren los vecinos uno nunca hace nada y a cual mas rezongón…” Y así nos pasaba a nosotros también. Los vecinos del piso de abajo, una pareja ya mayor, se quejaba por que jugábamos a la pelota en el pasillo. Otros se quejaban por que hacíamos ruido al armar escondites con las sillas del comedor o por que tirábamos bombitas de agua por el balcón a los colectivos que pasaban por la calle. A veces traían, enojados, soldaditos que se habían descolgado por el balcón atados a un piolín. Rezongona era también la pareja de viejitos españoles que tenía un quiosco en la esquina. En ese quiosco, juntando nuestros ahorros, comprábamos cajas enteras de figuritas para intentar llenar un álbum. Repartíamos los paquetes para que todos abriéramos más o menos la misma cantidad. A veces, el reparto no era tan parejo. “Su” papi era bueno jugando a las figuritas, tenía una técnica especial para el espejito, calzando el cartoncito o la chapa en la cutícula del pulgar cuya uña trababa contra el índice para soltarlo de golpe. El codo elevado le daba una gran puntería.
“…la calle es libre si queremos pasarla, corriendo tras del aro, llevando el andador.” Ese juego lo aprendimos en la casa quinta que un amigo del abuelo Carlos, llamado Pedro Böhmer compró en Castelar. La quinta tenía un lindo parque y durante años fue, en días de verano, el lugar de reunión de varios amigos con sus familias. Era un viaje largo pero valía la pena, para jugar al aro en la calle de tierra, comer ciruelas trepados a los árboles, aprovechar los juegos de hamacas dobles y calesitas con Laura y Mary Böhmer, con Germán Altamirano, los Jinkus, los Corach, jugar al fútbol con los Pousa y los Enriquez, comer baguettes con mayonesa y aceitunas verdes, nadar en la pileta aunque te hicieran hacer dos horas de “digestión” después del almuerzo o incluso juntar, de noche, bichitos de luz para armar un farol. A “su” Papi, lo que más le gustaba eran los chistes de Pedro y los partidos de fútbol, lo demás, pienso que lo aburría un poco por que todos los otros chicos, salvo el mayor de los Enéramos menores.
Los domingos eran sagrados para el abuelo Leon, donde los primeros años nos juntábamos en los bosques de Palermo donde se desplegaba una mesa con sillas y se pasaba el dia haciendo picnic, jugando a la pelota y charlando.
Del bosque de Palermo, años mas tarde, pasaron al rosedal. Durante el invierno era almuerzo en un restaurant italiano donde la dueña amazaba pasta en una mesa inmensa en el medio del restaurant.
Domingos en Palermo
Los tiempos habían cambiado desde que Carlos y Marta eran chicos y ahora las familias ya no acostumbraban irse de vacaciones en grandes grupos familiares de distintas generaciones. Sólo iban los padres con los hijos y si podían, hacían coincidir el destino de las vacaciones con otras parejas de amigos de su misma edad. El abuelo Carlos y el Abuelo León trabajaban juntos. Tenían un laboratorio donde se fraccionaban y empaquetaban remedios que después tenían que distribuir en las farmacias de todo el país. Por eso de vez en cuando, igual que Papi, había que viajar, al principio en tren y después en auto por las distintas provincias para ver que todo marche bien. En algunos de esos viajes acompañamos al abuelo Carlos. Éramos cinco en un Renault 4, un auto bastante chiquito de color marrón: Carlos y Marta adelante, “su” Papi, los tíos Ale y Juli atrás. En esa época, su Papi hacía sentir con rigor su categoría de hermano mayor y tramaba continuamente alianzas ya sea con Ale contra Juli o con Juli contra Ale. Quizás era el poco espacio dentro del auto, los viajes demasiado largos y el aburrimiento, pero lo cierto es que vivíamos en guerra casi todo el tiempo. Su Papi había elegido lugar primero, la ventanilla detrás del conductor.
Viajes
El tío Ale la otra ventanilla y al tío Juli, el menor, le tocó viajar en el medio. Si la pelea era entre su Papi y Ale, los golpes generalmente daban en el tío Juli y el coscorrón del abuelo Carlos que lanzaba hacia atrás sin dejar de manejar y poner fin a la pelea, también. Si la pelea era entre su papi y el tío Juli, otra vez cobraba el del medio. Pero no todo eran peleas, también comíamos unas riquísimas galletitas Express con rodajitas de queso mantecoso que había comprado la abuela Dina para el viaje y la Abu Marta distribuía para todos. Al volver de cada viaje, la abuela Dina y el abuelo León habían llenado la heladera de cosas ricas. Así viajamos por todo el centro, oeste y noroeste del país, recorriendo La Pampa, San Luis, Mendoza, San Juan, La Rioja, Catamarca, Tucumán y Salta. La vuelta nos hizo conocer Santiago del Estero, Córdoba y Rosario, por caminos de tierra o inundados, el Renault 4 no se quedaba en ningún lado. Hicimos viajes similares dos veces, la segunda con un auto un poco más confortable, un Renault 12 nuevito. El abuelo Carlos lo trajo una noche y lo estacionó en frente de casa, todos bajamos a conocerlo, el tío Juli estaba en pijama por que era tarde y ya nos íbamos a dormir. Era rojo, limpito, potente.
El abuelo Carlos nos mostraba los detalles como si fuéramos mecánicos. El último viaje comenzó normalmente, el auto andaba en forma maravillosa, veloz. Los chicos dormíamos después de comer las galletitas con queso y al costado de la ruta se veían vacas y campos sembrados, pero pronto se iba a complicar. Estábamos cerca de Pergamino, a unas tres horas de viaje y se fundió el motor. Dos días estuvimos ahí tratando de no pelear o discutir, el Abuelo Carlos, nuestro Papi, estaba de muy mal humor. En esos momentos lo mejor era hacerse invisible.
Ese verano nuestra familia alquiló una casita en Miramar. El abuelo Carlos había comprado una pala especial con la que sacaríamos deliciosas almejas de la arena que luego comería él sólo con un poquito de limón ya que a nosotros nos resultaban horribles y gomosas. Unos días antes de nuestra llegada, se habían instalado en la casa los abuelos Dina y León, que luego partirían de regreso a Buenos Aires. Llegamos a la hora de la leche así que enseguida sirvieron café para los grandes y Toddy (o tal vez Cocoa o Vascolet) para los chicos, acompañados de un budín “princesita” de vainilla sin frutas.
A su Papi, que ya quería ser tratado como un mayor, le dieron un cafecito, mitad café y mitad leche. Todos estaban de buen humor salvo el tío Juli por que odiaba los grumos que se formaban en la leche cuando la preparaban con esos chocolates, a él, sólo le gustaba el Nesquick. Además la abuela Dina calentaba demasiado la leche y te la servía con nata. Ante sus quejas, la Abu Marta revolvía mucho la leche y el resultado era peor por que se mezclaba todo. “En la leche flotan cosas, Mami” se quejaba por lo bajo y la respuesta era que se trataba de verdurita de la leche. ¿Qué verdura puede tener la leche? ¿Y quién dijo que al tío Juli podía gustarle la verdura en la leche? En todo caso ¿qué verdura?, ¿lechuga?. El resto estaba muy animado y contentos de verse. El abuelo Carlos contó un chiste y todos se rieron mucho, sobre todo León. Su Papi también se rió con ganas pero al reírse fuerte aspiró budín y café. De pronto no podía respirar y la Abu Marta se asustó. “Su” Papi se estaba poniendo morado, quería toser y no podía, cuanto más aire quería meter, más se ahogaba, tampoco podía largarlo, las rodillas se le aflojaron y soltó la taza con el platito que se rompieron contra el suelo. El abuelo Carlos que estaba al lado reaccionó enseguida, lo sostuvo por la espalda, le metió dos dedos en la boca y su Papi vomitó. Así le hizo expulsar en un segundo todo lo que lo atoraba. Muy probablemente le salvó la vida en ese momento. Por mucho tiempo su Papi no tomaría café, pero ya adulto, tendría la precaución de pedirlo de manera muy diferente: bien cargado (nada de mitad leche y mitad café), por la mitad de la tasa (por si tuviera que soltarla de golpe) y leche fría aparte (para no encontrarse con nata o verdurita). El budín de vainilla (ya no había “princesita”) le siguió gustando mucho, pero antes de llevárselo a la boca lo “pochaba” en el café empapándolo bien para que las miguitas no se le vayan a los pulmones.
Ese mismo verano, sus tios, junto con otros chicos hicieron un volcán en la playa. Uno de los padres trajo diario, lo puso en el agujero y le prendió fuego, de pronto el viento levanto una de las hojas de diario en llamas la cual termino enrozcandose en la pierna del tio Julian y arruinando el resto del verano para Carlos y Marta.
Fue en Miramar también, donde alquilamos bicicletas y los tres aprendimos a andar. Junto con los Bohmer y el resto de los chicos íbamos en bici a todos lados, de casa en casa y hasta al centro a jugar al bowling.
Los meses del verano que no estábamos en la costa, La abu Marta nos llevaba a la costanera Sur, pasando lo que es hoy Puerto Madero y donde había una rambla con escalones donde se llegaba al rio, en el cual nadábamos y jugábamos en el barro con otros chicos. Ibamos a la mañana y volvíamos a casa a la hora del almuerzo. A la abu le encantaba el acostarse en una toalla y dejar que el sol tueste su piel hasta quedar bien negrita. Es ahí donde conocimos los guardavidas, Pastega, el más viejo de todos que había sido luchador de lucha libre, Jose y Juan Del Conte; ellos nos llevaban en el bote a pasear por el rio. La abu se hizo amiga de una señora que tenía un hijo que jugaba con Pablo, y cuando era hora de irse lo llamaba gritando su nombre, Federicoooooooo, con una voz muy finita que se escuchaba en toda la costanera y penetraba los tímpanos humanos y hacia hasta aullar a los perros.
Miramar
Capitulo 2: La Escuela
Los 3 hermanos fueron a los mismos colegios, empezamos el jardín de infantes en Arco Iris, en la calle Uriburu, entramos a los 4 años en la sala de Ositos, después pasamos a Conejos y el último año fue en la salita de barriletes. Teniamos que usar delantal a cuadritos (azul para los varones y rosa para las nenas), en el bolsillo chiquito al lado de la solapa se cosia un parche que mostraba la imagen de el año en que estabas (oso, conejo o barrilete). Para ir y volver del Jardin, nos pasaba a buscar un micro escolar de color naranja con techo blanco manejado por un señor muy bueno llamado Victor.
Del Jardin pasamos a la escuela primaria, el Juan Jose Castelli. El primer edificio donde estaba la escuela era muy viejo y quedaba en la calle arroyo y la nueve de Julio (antes de que se construya la avenida). A la escuela había que usar camisa, corbata y delantal blanco, y a los días de gimnasia era remera blanca con cuello, jogging y corbata con buzo azul. La maestra de primer grado se llamaba Magdalena y fue una de las favoritas de Pablo, en segundo grado fue Raisa, tercero Maria Luisa, cuarto Lasalle, quinto …, en sexto grado fue Tramutola (se especializaba en matematica). En séptimo grado las clases se dividían entre 3 maestros, Catenaro (castellano), Ortiz (historia), y Grasi (matemática). El gimnasio se usaba también como comedor, un galpón con techo de chapa muy ruidoso los días de lluvia. La maestra de música se llamaba Selmira y nos enseñaba coro, a tocar flauta dulce, triangulo y cajita china. La señora a cargo de la cocina se llamaba la Doña Ruiz que no era muy buena cocinera, a su Papi nunca le molesto la comida, pero al tio Ale le agarraban nausas cada vez que había que sentarse a comer y los maestros te los jueves al mediodía y ayudaba a servir a los chicos la comida. El Castelli era un colegio de varones dirigido por el Dr. Guido Ricardo Caro, un señor mayor al cual todos los chicos lo evitaban porque te gritaba constantemente. Cuando construyeron la avenida Nueve de Julio , el gobierno de Buenos Aires nos construyo una escuela nueva, pero hasta que estuvo lista, nos mudamos a un edificio temporario en Cordoba y Ayacucho (enfrente de el edificio de Obras Sanitarias). 2 años mas tarde nos mudamos a la escuela nueva en Vicente Lopez y Ayacucho. Para ir y volver de la escuela nos pasaba a buscar el Señor Grasi (el mismo maestro de matematica de 7º grado)en su camioneta rambler plateada con asientos cubiertos en plástico para que no se manchen, nosotros eramos unos de los 6 o 7 chicos que pasaba a buscar.